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EXCLUSIVA: Primeros capítulos de EL ENIGMA DE THIAMAHT, la nueva novela de Regina Roman

miércoles, 3 de noviembre de 2010

¡Hello, friends!

Hoy, muy contento yo, os traigo una exclusiva. Si ya pulula por ahí el primer capítulo de CUARENTAÑERAS de Regina Roman, hoy os traigo los primeros capítulos de la nueva novela de la autora, esta vez de fantasía. Con un notición: ¡¡¡SERÁ EDITADA EN BREVE!!! Estoy a la espera de más datos, cuando los tenga os digo! :D

He leído los dos capítulos: me han atrapado, agradado, enamorado... Es una historia rápida y concisa, con un toque de humor y fantasía en la que habrá romance. Espero que os guste, porque a mí me ha encantado.

Y sin más preámbulos, os dejo los primeros capítulos de la novela EL ENIGMA DE THIAMAHT:

1. Un libro, la mejor inspiración.

Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, más del que nadie está dispuesto a recordar, existió en Londoria, capital del reino de las Hadas, una chica pelirroja de chispeantes ojos verdes, llamada Rebeca. Muy admirada por todos, corrían rumores supersticiosos entre los cuentacuentos que obviando su nombre de pila, la bautizaron como “el hada roja”, por el fuego que ardía en sus cabellos. Eran las hadas rojas, una especie ya extinguida en la raza feérica, de las que poco o nada se sabía, salvo que atesoraban en su interior más poder del conocido y más magia de la tolerable, que llegado el momento, cuando el mal fraguase su venganza para destruir los universos, equilibrarían la balanza en favor de la paz y el orden.
Hete aquí que esta hada de nuestra historia, se topó por casualidad con una botella abandonada en cuyo interior viajaba enrollado, un pergamino. El mapa de un tesoro formidable, el arca de los Antiguos Misterios: objetos hechizados, encantamientos, joyas de valor incalculable y hasta caprichos de los dioses, acumulados durante siglos por los avaros cíclopes de Tabaré y cedidos a los mágicos milenios atrás, en retribución de una deuda de vida.
Desde ese momento, la obsesión del hada fue desvelar el lugar donde se ocultaba el arca. Dedicó siglos de su existencia a buscarlo sin descanso y con tan poco éxito como impaciencia. Tanto fue así que se olvidó de cumplir la verdadera misión que por linaje le correspondía…
- Ya puedes dejarlo, es suficiente por hoy- cortó Jack bostezando y arrebujándose entre las sábanas. Su madre, sentada en el borde de la cama, lo miró divertida.
- A la orden, mi comandante. ¿No le parece que con quince años es usted muy mayorcito para pedirme cuentos antes de dormir?
- Siempre me has asegurado que la leyenda del hada roja, era cierta hasta la médula. Lo único que he hecho ha sido creerte- repuso con sarcasmo. La mujer le revolvió el pelo rubio y luego se lo besó.
- Anda, descansa. Y no te dejes engañar por mis protestas. Me encanta que me pidas una historia, me hace recordar cuando eras más pequeño; has crecido tan de golpe que me ha pillado por sorpresa.
- Buenas noches, mamá.
- Buenas noches Jack- se dirigió a la salida.
- Una cosa…- la mujer se giró en el dintel, movida por esa otra pregunta que flotaba en el aire.
- ¿Se puede chantajear a un hada?
La madre de Jack rió la ocurrencia.
- Supongo que poder, se puede, pero más vale pensarlo dos veces, tienen muy mal perder, son antojadizas y vengativas y siempre, siempre, toman represalias.
La mujer no tardó en desaparecer tras la puerta y el chico aguardó aún unos minutos para asegurarse de que no regresaría. Saltó de la cama y se lanzó de cabeza al armario-vestidor. Apartó unos jerséis y extrajo un antiguo tarro de galletas reconvertido; allí dentro acurrucada en una esquina, indiferente y triste, se agazapaba una figurita diminuta y plateada, de orejas puntiagudas y cara ovalada. Su piel rezumaba un brillo mortecino y apagado y de su espalda sobresalían dos alas estrechas y alargadas, de libélula. Jack sacudió el recipiente fascinado al ver cómo su ocupante se veía zarandeada de un lado a otro sin tener dónde agarrarse, dándose violentamente de bruces, una y otra vez contra el cristal de las paredes. Nada grave, pero seguro que muy molesto. Dirigió al chico una mirada furibunda y él le respondió con una sonrisa burlona.
- Voy a proponerte un trato- ella se cruzó digna de brazos y miró para otro lado. Su aparente indiferencia, no lo amilanó-. ¿Has oído hablar alguna vez del tesoro de los Antiguos Misterios? – ella no hizo ademán de responder- Si me ayudas a localizarlo, te concederé la libertad.
Dicho esto, se quedó esperando el fruto de sus palabras. La minúscula hada aparentó un rato más todavía no estar interesada, pero Jack comprobó que lo miraba por el rabillo del ojo, probablemente por si ampliaba la oferta. El chico decidió que era momento de dar otro golpe de efecto: tocar su orgullo.
- Claro que es posible que la ubicación de ese magnífico tesoro, sea un secreto sólo al alcance de las altas jerarquías feéricas y que tú… bueno, no vamos a engañarnos, eres una simple “campanilla”, entendería que… - frenó al percatarse de la ferocidad con la que ella se revolvió dentro de su prisión, al oír con quién la comparaban. Debía odiar a muerte el cuento de Peter Pan, dedujo Jack-. Tranquila, tranquila. Piénsatelo, te doy un par de días. Eso sí, te advierto que no permitiré trucos de ninguna clase. Si sabes algo del tesoro, negociaremos. Si no, te quedarás dentro de este frasco como trofeo personal, por los siglos de los siglos, amén.
La dejó gesticulando, protestando con mil aspavientos a velocidad pasmosa y a ciencia cierta, acordándose de toda su parentela. Cerró la cortina de ropa por delante y regresó a la cama. En menos de dos minutos, dormía como un bendito.

2. El peor grupo me tenía que tocar a mí.

El profesor Carmichel le caía bien a todo el mundo. No simplemente porque su asignatura fuese amena y desenfadada, es que él se las arreglaba para hacerla parecer un pasatiempo entretenido. Aprendían ciencias sin esfuerzo, haciendo cosas divertidas como visitar laboratorios tipo profesor Frankenstein, excursiones al campo para recoger muestras, construcción artesanal de modelos e inventos… Ahora le tocaba el turno a los traviesos electrones, cuyo comportamiento por lo visto, no era siempre todo lo predecible que sería de desear. Trabajarían en grupos de a tres, conforme a una lista previamente confeccionada por el profesor.
- Jack Barry…- hubo un momento de tensión generalizada entre las chicas de la clase. Todas querían colaborar con Jack, ligar con Jack, estar cerca de Jack, montarse en la moto de Jack. ¿Quiénes serían esta vez las afortunadas merecedoras de tal honor?- formarás grupo con Amelia Coppel- todavía un suspiro de esperanza- y Alicia Taylor- un bufido de desencanto.
- ¿Alicia Taylor?- gruñó Sophie, la que se tenía por la guapa de la clase- ¡Esto es tongo! ¡Les ha tocado a Alicia y a su amiguita Amelia juntas! ¿Por qué ellas? ¿Por qué en parejita? Esa Alicia rara y medio muda…
- Señorita Laad…- el profesor se dirigió a la mesa de Sophie y ella interrumpió en el acto sus protestas- ¿Alguna objeción? ¿No le gusta el grupo que le ha caído en suerte?
- Preferiría que me hubiese tocado con mi amiga Annie, ya que me lo pregunta- replicó con insolencia. El profesor sonrió comprensivo.
- Puedo asegurarle que el sorteo se ha llevado a cabo con la más absoluta ecuanimidad. De hecho fue mi hija de tres años la que sacó los papelitos con vuestros nombres del saco y tengo el proceso grabado en video de principio a fin por si alguien tuviese sospechas o interés en comprobar- se dio media vuelta, dejando a Sophie congestionada de indignación, entre risas de los demás alumnos-, aunque aviso que se hace muy aburrido.
El resto de la clase resumió un millón de indicaciones sobre cómo orientar los trabajos y lo que supondría sacar una calificación de sobresaliente. Soñaron e hicieron planes hasta que sonó la campana que los liberaba.
- ¿Te imaginas? Si hacemos un trabajo impecable y nos pone un diez o un nueve, tenemos automáticamente aprobado el cuarto trimestre, menudo chollo… - exclamó Amelia fuera de sí mientras recogía sus libros. Su compañera suspiró sin acabar de convencerse.
- Pero nos pondría un aprobado y un aprobado es un aprobado; habría que presentarse a examen para mejorar esa nota.
Amelia la miró como a una chinche molesta, arrugando la naricilla.
- Tú siempre tan respondona: ya imagino que un simple y vulgar cinco no te dejaría complacida, que tú eres muy difícil, pero… supón que te pones enferma, o te vas de viaje o… flojeas en las demás asignaturas… Al menos en ciencias sabes que puedes relajarte… ¡Jolines, Ali, mira la parte buena del asunto!
Ali sonrió de oreja a oreja mostrando sus preciosos dientes.
- Iremos a por ese sobresaliente. Lástima que nos haya tocado…
- ¿El qué?- quiso saber Amelia un poco perdida.
- Él…- Ali señaló discretamente a Jack con un arqueo de ceja. Amelia persiguió su gesto con incredulidad.
- ¿Bromeas? Ahora mismo hay dos docenas de chicas haciéndose el harakiri con el cuchillo de untar la mantequilla, somos más envidiadas que Angelina Jolie en persona, preferible tener a Jack Barry que a Brad Pitt…
- No lo soporto- miró de refilón al joven rubio, que recogía sus cosas con parsimonia, atendiendo galante a toda la que se arrimaba buscando mimos-, es engreído, pasota, altanero…
- Guapísimo de la muerte, alto, deportista…
- Sobrado de sí mismo, ombligo del mundo y sus alrededores…
- Rico, forrado, con moto chachi que te cagas…
- Poco inteligente…
- Eso no lo sabes- rebatió Amelia poniéndose en jarras, decidida a zanjar de una vez por todas, aquella conversación de besugos.
- Eso, lo intuyo- aseguró la chica morena terminante.
- Pues ya podías ser más optimista, de momento y hasta que acabemos el trabajo, nos pertenece - se puso a dar saltitos extraños y le engarfió el brazo con frenesí- ¡Que viene, que viene!
- ¡Ay señor, qué cruz!- se quejó Ali poniendo los ojos en blanco.
- ¡Hola chicas!- saludó Jack con aplastante seguridad. Ali tuvo la impresión de que Amelia se derretía y se convertía en un charco- Bien, parece que somos equipo… ¿Qué opináis si os invito a pasar esta tarde por mi casa y proyectamos la faena delante de una merendola de campeonato?
- No podemos…- fue a decir Ali. Pero a Amelia le faltó ponerle la mano en la boca y el pie en el pescuezo.
- Estaremos encantadas. Porque vamos a por un sobresaliente, no nos conformamos con menos, ¿verdad Ali?- le propinó un codazo en las costillas para que respondiera- ¿Verdad que no nos conformamos?
- No- se rindió pillando al vuelo su mochila-, no nos conformamos.
- Esta tarde, a las seis, en tu casa- canturreó Amelia antes de salir como una bala detrás de su amiga.
Jack Barry vivía en un chalet de dos plantas más sótano y un espectacular jardín de tres mil metros cuadrados, en una lujosa urbanización de la parte alta de la ciudad. La madre de Amelia que se encargó de llevarlas en coche, no dejó de parlotear durante el trayecto, contándoles vida y milagros de la familia de su nuevo amigo, que al parecer gozaba de meritoria consideración social. Ali desconectó enseguida y se puso a mirar los árboles por la ventana. Primero, alrededor de su casa no se disfrutaba tanto verde. Segundo, ya sabía de quién había heredado Amelia su incontenible verborrea. Y con aguantar a la hija, tenía suficiente.
Se despidieron de la señora Coppel y apretaron el timbre de la mansión. Amelia desplazaba sistemáticamente el peso de un pie a otro, nerviosa como un postre de gelatina y ver a una doncella de las de verdad, con cofia y todo abrirles la puerta, fue más de lo que su corazoncito pudo soportar.
- Enseguida aviso al señorito Jack- se comprometió la mujer dejándolas abandonadas en una especie de biblioteca gigantesca.
- ¡Jolines, qué poderío, qué nivelazo! ¿Has visto esa criada? Llevaba uniforme como las de las películas… ¡Qué fuerte! Verás cuando se lo cuente a mi madre… ¿Habrá también mayordomo?
Ali se había alejado muchos pasos, embebida por el aroma a estantería de maderas nobles. Eran unos muebles inmensos que nacían en el suelo y se alargaban hasta el techo a doble altura, abarrotados de libros por todas partes. Un regalo para los sentidos de la chica, que adoraba leer. Por su parte Amelia seguía con la perorata, curioseando a base de toquetear todo cuanto se ponía a su alcance.
- ¿Será plata?- dijo levantando la tapilla de un cenicero- ¿Plata de verdad? Hay que tener mucha pasta para aplastar colillas en algo que podría ser un joyero… ¿tú qué dices?
Ali no pensaba comentar nada, pero tampoco habría tenido oportunidad, porque su anfitrión se recortó en el umbral de la puerta, vestido con vaqueros y una sudadera, con el pelo revuelto, al parecer más atractivo que nunca. Amelia se apresuró a soltar el cenicero y corrió a su lado soltando ríos de babas.
- El batallón está listo, señor, dirija las operaciones antes del avituallamiento- bromeó arrancándole a Jack una carcajada.
- Me temo que dada la hora, el avituallamiento no puede esperar, soldado- ahora se dirigió a una circunspecta Ali, concentrada en los lomos de los gruesos volúmenes-. Si hacéis el favor de acompañarme… las dos.
- Ali, espabila- azuzó Amelia algo molesta por su apatía.
Seguramente fue la doncella de la cofia quien dispuso todos aquellos manjares dignos de un príncipe heredero, en una terraza acristalada colmada de flores y plantas verdes, de suerte que pareciera un invernadero, porque sólo tuvieron que sentarse y devorar.
- Tengo que reconocer que tu casa es preciosa- gruñó Ali como si soltar aquel cumplido le costase la misma vida.
- Mi madre es muy aficionada a la decoración y según todo el mundo, tiene un gusto exquisito. Yo me limito a vivir aquí, no entiendo de combinaciones- expuso con un encogimiento de hombros que a ella le sonó a falsa modestia.
Aquello no fue merendar precisamente, más bien un ponerse las botas y a continuación, Jack las condujo a su espacioso cuarto. Otra sorpresa, comprobar que le faltaban pocos centímetros para igualar una cancha de baloncesto. ¿Todo en aquella mansión era igual de ostentoso?
Alguien muy previsor había colocado tres cuadernos a estrenar y otros tantos bolígrafos, en una mesa circular, amplia y cómoda, con el fin de que celebrasen su reunión como tres ejecutivos. A los pies, una mullida alfombra, tan gruesa y suave que a las chicas les pinchó la tentación de descalzarse y deleitarse con su roce. Pero eran educadas y aquella era su primera visita a casa de Jack, un chico con el que por otra parte, tampoco tenían demasiada confianza. Claro que eso no frenaba el entusiasmo arrollador de Amelia y su capacidad comunicativa con cualquier cosa que la escuchara. De modo que Ali se vio liberada de la obligación de ser demasiado simpática, su amiga lo hacía bien por las dos.
- ¿Conocéis el experimento de la doble rendija?- las sorprendió Jack centrándose repentinamente en los electrones. Ali miraba el enorme poster de “Piratas del Caribe”, enmarcado y pendiente de la pared.
- La verdad, no. ¿Te suena, Ali?- ella muy a su pesar, negó- ¿De qué va?
- Trata de explicar el comportamiento de esas partículas, en función de los deseos del observador… - sus palabras se vieron interrumpidas por una sucesión de golpes amortiguados, como un traqueteo, que provenía del armario-. Se entiende si se acepta que en el mundo subatómico, el electrón…- prosiguió como si nada, pero el sonido volvió a repetirse, esta vez con más fuerza. Todos miraron.

/JOSU/

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